martes, 28 de agosto de 2007

El libro informativo

Los otros lectores.

El libro informativo

Por Ana Garralón

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En los debates sobre promoción a la lectura, en los artículos especializados y en numerosos congresos hay siempre una destacada, por no decir única, defensa de la lectura de literatura como exclusiva vía de formación de lectores. La mayoría de las bibliografías elaboradas por instituciones y bibliotecas priman la lectura de obras de ficción. También en la escuela, la enseñanza de la lectura tiene como referente básico los libros narrativos, como si la lectura de textos informativos fuera una tarea que dependiera de otras materias.

La intención de este artículo no es rebatir ninguna de las teorías que refuerzan la idea de que un lector se forma, sobre todo, a partir del desarrollo de la imaginación que brinda la experiencia de la lectura, sino tratar de ampliar ese concepto. Marc Soriano (1995 : 373), a propósito de la identificación del lector con lo que lee, dijo: “río y me emociono por lo que le sucede a un personaje con el que no tengo ninguna vinculación y que sé muy bien que no existe”. Esa emoción es lo que la investigadora Louise Rosenblatt (1995) en su excelente libro La literatura como exploración define como lectura estética, es decir, aquella que de alguna manera nos conmueve. “Un propósito estético requerirá que el lector preste más atención a los aspectos afectivos. A partir de la mezcla de sensaciones, sentimientos, imágenes e ideas se estructura la experiencia que constituye la narración, el poema o la obra de teatro” (p.60).

Frente a esta lectura estética y referida a la ficción se opone, tradicionalmente, una lectura denominada -también por Rosenblatt- como eferente, es decir, “en este caso nuestra atención se centra, de modo principal en seleccionar y abstraer analíticamente la información, las ideas o las instrucciones para la acción que perdurará después de concluída la lectura”(p.59). Esta dualidad en los modos de leer es lo que ha hecho que los libros informativos se hayan clasificado únicamente como textos de los que se puede extraer información, mientras que los literarios brindarían la oportunidad de aislarse del mundo real para sentir experiencias estéticas y emocionales.

Sin embargo, las experiencias lectoras, como ya se viene estudiando desde el “descubrimiento” del lector como un actor importante en la construcción de significados, no provienen únicamente de la intención del autor al escribir determinada obra, sino más bien de la motivación con que el lector se enfrente a la misma. Rosenblatt denomina a este intercambio transacción, pues considera que el libro permanece sin significado hasta que un lector se lo otorga. Es por eso que el lector es una entidad única y un mismo libro despertará sensaciones y emociones diferentes en los lectores dependiendo de sus circunstancias personales, sociales, etc. El lector, además, no es un simple receptor de la obra, sino que puede ser considerado un co-creador, en la medida en que interviene para otorgar significados a lo que lee.

Betty Carter (1999) sugiere que se le de la oportunidad al lector para decidir su forma }de leer, pues de hecho, él es quien determina qué tipo de lectura realizará. Ante un texto literario, un lector que lea a Julio Verne podrá recordar después algunos datos técnicos y los personajes principales: habrá realizado una lectura eferente, pues lo que le interesaba del texto eran informaciones precisas. Mientras que, ante un libro informativo que hable de un viaje a la luna, el mismo lector podrá preguntarse: ¿qué habrá sentido el astronauta al pisar la luna? y estará apelando a sus emociones para dar sentido al texto. Curiosamente, en muchas de las actividades escolares o de animación a la lectura que se concentran en textos narrativos, en numerosas ocasiones se invita a hacer lecturas exclusivamente eferentes. Por decirlo con el humor con el que Pennac (1992) lo expresa: “-Vamos, ¿qué le ha pasado al príncipe, eh? ¡Estoy esperando!”. En muchas otras ocasiones se utilizan las propias novelas exclusivamente como contenidos de otras materias del conocimiento: averiguar en el mapa dónde se ubica Roma, o contar el número de metáforas que aparecen.


La lectura de textos informativos -o expositivos, como los denominan algunos lingüistas- implica dificultades muy concretas que van desde cómo extraer la información principal hasta saberse mover por un formato textual que no está siempre ordenado de izquierda a derecha, como ocurre con los libros de sofisticado diseño que desde hace años están a la mano de los lectores. Los lectores necesitan estar entrenados, no sólo en lo que concierne a todo el aparato paratextual de los libros y su manejo (índices, sumario, glosario, diseño, etc.) sino, sobre todo, en una actitud crítica ante el texto. No basta dejarse llevar por la trama y aislarse del entorno: el lector de libros informativos necesita situarse ante la obra de manera crítica, reconocer las intenciones del autor comparando lo que cuenta, averiguando por qué quiere contar justamente lo que cuenta, juzgar el grado de veracidad, hacer predicciones, inferencias. Sin embargo en las prácticas de la difusión de la lectura se atiende menos a estas necesidades formativas, alejando a los lectores de una experiencia lectora cada vez más ineludible. Sería naturalmente deseable que muchos futuros ciudadanos incluyan entre sus prácticas de ocio la lectura de obras de no ficción pues numerosos artículos alertan sobre la distancia cada vez mayor que tiene el ciudadano con respecto a la ciencia en sociedades que, por otra parte, viven cada vez más al ritmo de descubrimientos tecnológicos. De manera que ¿no es tarea también de la formación de lectores abrir puertas a estos textos, divulgar conocimientos y hacer que el encuentro con la ciencia sea algo más cercano y real?

Afortunadamente la producción de libros informativos en la actualidad –a pesar de las oscilaciones del mercado que hace desaparecer de un golpe interesantes colecciones- ofrece libros excelentes para crear puentes entre estas dos maneras de leer, la estética y la eferente, ayudando a los lectores a indagar en lo que significa una lectura práctica mientras les ofrecemos textos que les brindan atractivas lecturas estéticas.

La ciencia se puede contar de muchas maneras que van desde la clásica concepción de libro científico con un lenguaje impersonal y más descriptivo, hasta la que utiliza el lenguaje del cómic, como era habitual verlo en numerosos libros dedicados a la ecología que se publicaron a principios de los noventa. Por otro lado, se hace necesaria la reivindicación de auténticos divulgadores que sean capaces de “traducir” a un lenguaje comprensible los numerosos tecnicismos y el vocabulario especializado que abundan en la difusión de la ciencia. En los libros informativos para niños existen desde hace años libros que, escritos por divulgadores, adoptan un lenguaje más sencillo y empático con el lector. Un ejemplo es la colección Lóguez Joven Arte con monografías que son deliciosos tratados de arte donde se capta la atención desde la primera página. En el escrito por Thomas David sobre la Mona Lisa el primer capítulo comienza como un thriller cuando relata el robo del cuadro, en 1911, y le comunica al lector la importancia de un hecho así: “Cuando desaparece, de pronto, el cuadro más famoso, resulta tan malo como si se perdiera la ópera más bella o la pirámide más antigua. O el mayor de los océanos o la montaña más alta.”

Se podrá argumentar que hay temas más fáciles de exponer sin tecnicismos, pero libros como el clásico e imprescindible de David Macaulay Cómo funcionan las cosas demuestra que la intención del autor de llevar a los lectores más jóvenes conocimientos científicos es una tarea que se puede realizar siempre y cuando se combinen acertadamente una documentación rigurosa con cualidades de divulgador, algo que no siempre está al alcance de la imaginación y los recursos de cualquiera. En otros casos, esta intención de desmitificar la ciencia se puede mostrar acercando los personajes que investigan, presentando de ellos sus facetas humanas, su manera de trabajar y sus dificultades para investigar. Un libro ejemplar en este sentido es ¿A qué distancia está el cielo? Un astrónomo al habla, de Peppo Gavazzi, donde unas líneas al principio del texto, implican al lector en el libro que acaba de comenzar comentándole que ha sido escrito y dibujado por un astrónomo, alguien que investiga las estrellas y el universo. Una foto acompaña esas líneas y, en la página contigua, bajo el título, aparece un dibujo hecho por el astrónomo: “Así soñaba él, siendo un niño, que observaría las estrellas a través de un largo telescopio.”

Un ejemplo exitoso y reciente son las colecciones que la editorial Molino ha publicado como Esa gran cultura, Esa horrible ciencia o Esa horrible historia con las que se pretende desmitificar y acercar temas basándose en la presentación de anécdotas y en rebajar las informaciones serias y a veces incomprensibles en preguntas concretas. Son textos que buscan la complicidad del lector y le preguntan constantemente, o hacen referencias a su vida, como cuando por ejemplo explican que “todos los que conocieron a Van Gogh aseguran que vivía y trabajaba en medio de un gran desorden caótico y repugnante (algo parecido a la habitación de casi todos los niños de diez años)”.

Existen también colecciones y libros cuyos autores han preferido un formato ficcional para presentar la información y que podríamos encuadrar a veces como narrativa. Son esos libros ante los que uno se pregunta: ¿pero esto es un cuento o un libro informativo?. Una clasificación de las tipologías de la divulgación la ofrecen Luigi Paladin y Laura Passinetti (1999) y en ella encontramos una denominada divulgación narrada, que se caracteriza por la combinación de un texto más o menos ficcional, es decir, personal y apelativo, con una estructura interna ordenada, y una información que, a pesar del tono a veces informal, no renuncia a la rigurosidad.