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martes, 28 de agosto de 2007

El libro informativo

Los otros lectores.

El libro informativo

Por Ana Garralón

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La estructura narrativa se ha empleado tradicionalmente en temas considerados difíciles, es decir, aquellos cuya realidad sería un choque para la sensibilidad de los lectores que quedarían bloqueados ante la evidencia de algunos temas, como por ejemplo, la persecución nazi (de la que hay excelentes novelas, bien documentadas que recrean ambientes y sentimientos difíciles de expresar de otra manera, como lo han relatado Christine Nöstlinger, Peter Härtling o Judith Kerr), los derechos humanos (la colección Yo acuso ofrece una breve narración que se complementa con apéndices de testimonios, direcciones útiles y datos cronológicos o históricos) o un ataque nuclear (las novelas de Gudrun Pausewang o los cómics de R. Briggs son un buen ejemplo).

Sin embargo hay excelentes ejemplos de libros con estructuras narrativas (es decir, que cuentan historias) que nos permiten un acercamiento a la ciencia y al conocimiento. A veces tienen la apariencia de álbum y se les clasifica como lecturas literarias, menospreciando su valor para acercar una cultura científica. Recordemos lo que ocurrió con los libros de Mitsumasa Anno cuando aparecieron en español. Muchos de estos libros aprovechan lo que el paleontólogo español Juan Luis Arsuaga define como el “cuento que nos narra el mundo en que vivimos”y ofrecen una experiencia estética tan apasionante como leer una novela mientras informan de algo. La mayoría de estos libros están destinados a los primeros lectores y resultan muy adecuados para ir entrenando en las formas de leer, en cómo el conocimiento se encuentra también en los libros y cómo profundizar en ellos.

Una actividad muy recomendable sería la integración de estos libros en la hora del cuento y la posterior discusión conjunta teniendo en cuenta el referente científico que queremos explorar y nuestra intención de ampliar las experiencias de lectura.

Una autora que utiliza este formato narrativo para explicar los misterios de la naturaleza humana es Babette Cole. En sus libros se encuentra explicado con mucho humor de dónde vienen los niños (Mamá puso un huevo), donde invierte con ingenio los roles de explicaciones sexuales entre padres e hijos. O cuando explica los cambios hormonales (Pelos por todas partes). Hay temas que son más preferidos para ser abordados de manera narrativa, como por ejemplo, las ciencias abstractas. El éxito de libros como El diablo de los números de Enzensberger donde, con un cuento, se invita al lector a desentrañar algunas operaciones matemáticas reflejan tanto un vacío editorial en estos temas, como el interés de una buena parte de la población (y no sólo niños) en asuntos que también conciernen a la vida cotidiana. Explicar el paso del tiempo es también un reto, sobre todo para los primeros lectores cuyas coordenadas cronológicas no están aún formadas. En el libro El siglo más nuevo del mundo, Teresa Durán crea a papá Tiempo y a mamá Historia como dos personajes que esperan la llegada de un nuevo siglo. Otro ejemplo es el libro Las estaciones de John Burningham donde incluso la imagen se utiliza como recurso narrativo para relatar el paso del tiempo complementándola con un brevísimo texto de estructura circular.

Un ejemplo de narración a través de las imágenes es el libro Zoom, cuya ingeniosa estructura en forma de cámara que se acerca a la imagen mientras ésta cambia de escenario, nos muestra un repertorio de culturas y sociedades que ofrece muchas posibilidades de indagar después otros escenarios sociales. Otro libro de carácter más científico, Diez semillas es sorprendente recorrido por la vida y devenir de diez semillas y su relación con el entorno. La economía de recursos, el tono elegido para contar, la estructura circular y repetitiva, convierte su lectura en una apasionante indagación en la naturaleza y provoca preguntas, mientras la estructura narrativa del cuento invita a releerlo desde una emoción sin duda más estética que eferente.

¿Por qué no incluir estos libros en nuestras prácticas de animación a la lectura? En muchos casos, el tema que abordan es tan inusual que los convierte en obras especiales, como el libro La siesta que no sólo explica una rutina muy especial y querida por muchos niños (¡y tantos adultos!) , sino que elige una fotografía artística donde se recrea de manera muy especial ese momento prácticamente ausente en los libros para niños. En este libro, el recurso de la fotografía artística es muy novedoso, pues está utilizado para activar sensaciones por medio del color artificial y una composición que se presenta en partes y que sólo en la última escena se muestra completa.

Un excelente libro para tender puentes entre la lectura estética y la eferente, es Galileo Galilei, mensajero de las estrellas de Peter Sís, donde se relata la vida del científico y se simultanean diferentes niveles de lectura marcados por la tipografía. En uno se nos relata, de manera simple y en tono narrativo, la vida de Galileo mientras, en las ilustraciones inspiradas en imágenes medievales, aparecen fragmentos de diarios, cronologías, citas de la época y referencias que remiten a una cuidada documentación. El uso de fuentes primarias como son los diarios, y la presentación de documentos separados de la narración, ayudan al lector a transitar por dos tipos de lectura, una estética y otra eferente, mientras el conjunto habla tanto de la fe en uno mismo como de la importancia del método científico.

Otro tema donde se ha usado el formato narrativo para la exposición de sus contenidos ha sido el arte, y observamos una gran profusión de obras que, con la excusa de una historia, nos cuentan algo relacionado con los museos, los cuadros o sus creadores. Desde aquella colección de Los artísticos casos de Fricandó en la que nos explicaban, con una ficción de un detective que intenta resolver un caso relacionado con arte contemporáneo, hasta los textos como los que publica Serres en muchas de sus colecciones donde una niña visita un museo y entra literalmente en los cuadros para averiguar qué historias esconden. Recientemente, la colección Barco de Vapor ha inaugurado una serie, Museo, donde Asun Balzola recrea narrativamente un cuadro y ofrece un apéndice con informaciones sobre la época, el artista y su obra.

Por último me gustaría citar libros de una autora, Janell Cannon, que tienen el encanto de saber combinar una historia de ficción con datos científicos basados en documentaciones rigurosas. Stelaluna, las peripecias de un murciélago que cae por error en un nido de pájaros y debe aclimatarse por un tiempo a sus costumbres, despierta en los lectores sugerentes preguntas e invita a indagar en la vida de estos animales estigmatizados con una imagen terrorífica por la literatura y el cine. Que prácticamente todos los murciélagos comen frutas abrirá la curiosidad de los más pequeños y despertará un sugerente diálogo después de la lectura, además de atrapar con sensibilidad y encanto con su historia de ficción. En su otro libro traducido al español, Verdi, se presenta de la misma sugerente manera la vida y costumbres de una serpiente. En ambos casos el recurso ficcional es pertinentemente intencionado pues se trata de desmitificar las leyendas negras que rodean a estos animales y presentárselos con sencillez a un lector amante de las ficciones.

Muchos de estos libros cumplen con un cometido esencial tanto en la formación de los lectores como en el desarrollo de su espíritu científico: dejan muchas puertas abiertas, plantean curiosidades que seducirán a los niños y les invitará a discutir o a investigar más. Son libros “abiertos”, según la definición de Natalia Becerra de Cano y M. Elvira Charria (1993), es decir, que extienden la experiencia lectora más allá del texto y del libro, y les brinda la oportunidad de ser activos en sus aprendizajes. Como lo diría Desmond Morris en su fascinante libro El mundo de los animales, “Si, cuando hayas leído estas páginas, sientes la necesidad de salir a estudiar un animal por tu cuenta, me sentiré muy satisfecho y estoy seguro de que nunca te arrepentirás.”

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Por Ana Garralón

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En los debates sobre promoción a la lectura, en los artículos especializados y en numerosos congresos hay siempre una destacada, por no decir única, defensa de la lectura de literatura como exclusiva vía de formación de lectores. La mayoría de las bibliografías elaboradas por instituciones y bibliotecas priman la lectura de obras de ficción. También en la escuela, la enseñanza de la lectura tiene como referente básico los libros narrativos, como si la lectura de textos informativos fuera una tarea que dependiera de otras materias.

La intención de este artículo no es rebatir ninguna de las teorías que refuerzan la idea de que un lector se forma, sobre todo, a partir del desarrollo de la imaginación que brinda la experiencia de la lectura, sino tratar de ampliar ese concepto. Marc Soriano (1995 : 373), a propósito de la identificación del lector con lo que lee, dijo: “río y me emociono por lo que le sucede a un personaje con el que no tengo ninguna vinculación y que sé muy bien que no existe”. Esa emoción es lo que la investigadora Louise Rosenblatt (1995) en su excelente libro La literatura como exploración define como lectura estética, es decir, aquella que de alguna manera nos conmueve. “Un propósito estético requerirá que el lector preste más atención a los aspectos afectivos. A partir de la mezcla de sensaciones, sentimientos, imágenes e ideas se estructura la experiencia que constituye la narración, el poema o la obra de teatro” (p.60).

Frente a esta lectura estética y referida a la ficción se opone, tradicionalmente, una lectura denominada -también por Rosenblatt- como eferente, es decir, “en este caso nuestra atención se centra, de modo principal en seleccionar y abstraer analíticamente la información, las ideas o las instrucciones para la acción que perdurará después de concluída la lectura”(p.59). Esta dualidad en los modos de leer es lo que ha hecho que los libros informativos se hayan clasificado únicamente como textos de los que se puede extraer información, mientras que los literarios brindarían la oportunidad de aislarse del mundo real para sentir experiencias estéticas y emocionales.

Sin embargo, las experiencias lectoras, como ya se viene estudiando desde el “descubrimiento” del lector como un actor importante en la construcción de significados, no provienen únicamente de la intención del autor al escribir determinada obra, sino más bien de la motivación con que el lector se enfrente a la misma. Rosenblatt denomina a este intercambio transacción, pues considera que el libro permanece sin significado hasta que un lector se lo otorga. Es por eso que el lector es una entidad única y un mismo libro despertará sensaciones y emociones diferentes en los lectores dependiendo de sus circunstancias personales, sociales, etc. El lector, además, no es un simple receptor de la obra, sino que puede ser considerado un co-creador, en la medida en que interviene para otorgar significados a lo que lee.

Betty Carter (1999) sugiere que se le de la oportunidad al lector para decidir su forma }de leer, pues de hecho, él es quien determina qué tipo de lectura realizará. Ante un texto literario, un lector que lea a Julio Verne podrá recordar después algunos datos técnicos y los personajes principales: habrá realizado una lectura eferente, pues lo que le interesaba del texto eran informaciones precisas. Mientras que, ante un libro informativo que hable de un viaje a la luna, el mismo lector podrá preguntarse: ¿qué habrá sentido el astronauta al pisar la luna? y estará apelando a sus emociones para dar sentido al texto. Curiosamente, en muchas de las actividades escolares o de animación a la lectura que se concentran en textos narrativos, en numerosas ocasiones se invita a hacer lecturas exclusivamente eferentes. Por decirlo con el humor con el que Pennac (1992) lo expresa: “-Vamos, ¿qué le ha pasado al príncipe, eh? ¡Estoy esperando!”. En muchas otras ocasiones se utilizan las propias novelas exclusivamente como contenidos de otras materias del conocimiento: averiguar en el mapa dónde se ubica Roma, o contar el número de metáforas que aparecen.


La lectura de textos informativos -o expositivos, como los denominan algunos lingüistas- implica dificultades muy concretas que van desde cómo extraer la información principal hasta saberse mover por un formato textual que no está siempre ordenado de izquierda a derecha, como ocurre con los libros de sofisticado diseño que desde hace años están a la mano de los lectores. Los lectores necesitan estar entrenados, no sólo en lo que concierne a todo el aparato paratextual de los libros y su manejo (índices, sumario, glosario, diseño, etc.) sino, sobre todo, en una actitud crítica ante el texto. No basta dejarse llevar por la trama y aislarse del entorno: el lector de libros informativos necesita situarse ante la obra de manera crítica, reconocer las intenciones del autor comparando lo que cuenta, averiguando por qué quiere contar justamente lo que cuenta, juzgar el grado de veracidad, hacer predicciones, inferencias. Sin embargo en las prácticas de la difusión de la lectura se atiende menos a estas necesidades formativas, alejando a los lectores de una experiencia lectora cada vez más ineludible. Sería naturalmente deseable que muchos futuros ciudadanos incluyan entre sus prácticas de ocio la lectura de obras de no ficción pues numerosos artículos alertan sobre la distancia cada vez mayor que tiene el ciudadano con respecto a la ciencia en sociedades que, por otra parte, viven cada vez más al ritmo de descubrimientos tecnológicos. De manera que ¿no es tarea también de la formación de lectores abrir puertas a estos textos, divulgar conocimientos y hacer que el encuentro con la ciencia sea algo más cercano y real?

Afortunadamente la producción de libros informativos en la actualidad –a pesar de las oscilaciones del mercado que hace desaparecer de un golpe interesantes colecciones- ofrece libros excelentes para crear puentes entre estas dos maneras de leer, la estética y la eferente, ayudando a los lectores a indagar en lo que significa una lectura práctica mientras les ofrecemos textos que les brindan atractivas lecturas estéticas.

La ciencia se puede contar de muchas maneras que van desde la clásica concepción de libro científico con un lenguaje impersonal y más descriptivo, hasta la que utiliza el lenguaje del cómic, como era habitual verlo en numerosos libros dedicados a la ecología que se publicaron a principios de los noventa. Por otro lado, se hace necesaria la reivindicación de auténticos divulgadores que sean capaces de “traducir” a un lenguaje comprensible los numerosos tecnicismos y el vocabulario especializado que abundan en la difusión de la ciencia. En los libros informativos para niños existen desde hace años libros que, escritos por divulgadores, adoptan un lenguaje más sencillo y empático con el lector. Un ejemplo es la colección Lóguez Joven Arte con monografías que son deliciosos tratados de arte donde se capta la atención desde la primera página. En el escrito por Thomas David sobre la Mona Lisa el primer capítulo comienza como un thriller cuando relata el robo del cuadro, en 1911, y le comunica al lector la importancia de un hecho así: “Cuando desaparece, de pronto, el cuadro más famoso, resulta tan malo como si se perdiera la ópera más bella o la pirámide más antigua. O el mayor de los océanos o la montaña más alta.”

Se podrá argumentar que hay temas más fáciles de exponer sin tecnicismos, pero libros como el clásico e imprescindible de David Macaulay Cómo funcionan las cosas demuestra que la intención del autor de llevar a los lectores más jóvenes conocimientos científicos es una tarea que se puede realizar siempre y cuando se combinen acertadamente una documentación rigurosa con cualidades de divulgador, algo que no siempre está al alcance de la imaginación y los recursos de cualquiera. En otros casos, esta intención de desmitificar la ciencia se puede mostrar acercando los personajes que investigan, presentando de ellos sus facetas humanas, su manera de trabajar y sus dificultades para investigar. Un libro ejemplar en este sentido es ¿A qué distancia está el cielo? Un astrónomo al habla, de Peppo Gavazzi, donde unas líneas al principio del texto, implican al lector en el libro que acaba de comenzar comentándole que ha sido escrito y dibujado por un astrónomo, alguien que investiga las estrellas y el universo. Una foto acompaña esas líneas y, en la página contigua, bajo el título, aparece un dibujo hecho por el astrónomo: “Así soñaba él, siendo un niño, que observaría las estrellas a través de un largo telescopio.”

Un ejemplo exitoso y reciente son las colecciones que la editorial Molino ha publicado como Esa gran cultura, Esa horrible ciencia o Esa horrible historia con las que se pretende desmitificar y acercar temas basándose en la presentación de anécdotas y en rebajar las informaciones serias y a veces incomprensibles en preguntas concretas. Son textos que buscan la complicidad del lector y le preguntan constantemente, o hacen referencias a su vida, como cuando por ejemplo explican que “todos los que conocieron a Van Gogh aseguran que vivía y trabajaba en medio de un gran desorden caótico y repugnante (algo parecido a la habitación de casi todos los niños de diez años)”.

Existen también colecciones y libros cuyos autores han preferido un formato ficcional para presentar la información y que podríamos encuadrar a veces como narrativa. Son esos libros ante los que uno se pregunta: ¿pero esto es un cuento o un libro informativo?. Una clasificación de las tipologías de la divulgación la ofrecen Luigi Paladin y Laura Passinetti (1999) y en ella encontramos una denominada divulgación narrada, que se caracteriza por la combinación de un texto más o menos ficcional, es decir, personal y apelativo, con una estructura interna ordenada, y una información que, a pesar del tono a veces informal, no renuncia a la rigurosidad.